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📝 Josep Borrell, el reino de Europa y el laberinto de las tres pruebas

📝 Josep Borrell, el reino de Europa y el laberinto de las tres pruebas
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En un recóndito lugar francés llamado Estrasburgo, en donde nunca brillaba la sombra, buscaban a un representante de la unidad del reino europeo. Un abanderado de los juegos económicos y globales que empezaban en verano.

Debía ser un diplomático de rango. Y comportarse como tal. Debía mostrar su capacidad de negociación, así que, los dirigentes del Reino de Hispania, establecieron tres pruebas para escoger al más idóneo de entre sus súbditos.

La primera prueba era la del valor ante los aborígenes, fuesen catalanes o americanos, el candidato debía mostrar claramente su superioridad considerándolos estúpidos y poco necesarios. En la segunda prueba, Josep Borrell debía ser ambicioso y haber demostrado deseo de poseer riquezas, poder, honor y honores. Por último la tercera prueba era la de la renuncia, esa Borrell la superó con creces al renunciar a la candidatura en 1999. Borrell era amigo de Josep Huguet, quién fue encarcelado por recibir sobornos de empresarios en el pelotazo de los 90. Era la época de los chanchullos de Josep Lluís Nuñez y Javier de la Rosa. Por otro lado, también había renunciado a su mujer, que participó en un fondo de inversiones sórdido, y que ahora, ya era su ex-mujer.

Josep Borrell superó las pruebas en el reino de Hispania, pero en Europa debería recorrer un laberinto y recoger tres billetes de 500. Si lo conseguía, ganaría el cargo diplomático de más altura. Los dignatarios más importantes de Europa, seguían el recorrido del catalán a través de unas tablets desde sus casas. De hecho, fue un atardecer líder en apuestas.

Josep Borrell i Fontelles concursaría en el laberinto verde de un hotel del siglo XVII cerca de Estrasburgo. Un hotel de los criticados por Molière en “Las preciosas ridículas”.

Volvió a mirar el seto. Brillaba de colores variopintos y logotipos dispares, como un Hotel de “Las Vegas”. Las paredes del seto del laberinto lucían completamente cubiertas de anuncios de marcas comerciales. El candidato catalán entró con un caminar chulesco por entre las columnas recortadas, quería hacer las pruebas para llegar a la salida como ganador, como diplomático de la Unión Europea. Se sabía con muchos amigos. Estaba eufórico.

A ambos lados los nombres de las empresas energéticas más importantes del país se iban cayendo a su paso. De repente, llegó a un cartel grande: Abengoa, entonces alargó las manos y cogió el rótulo acercándoselo al pecho, y plas, mágicamente se convirtió en 500 euros, Borrell sonrió feliz, tenía su primer premio, el de la multinacional.

Entonces se puso nostálgico, recordó los 6 años de duro trabajo en la energética que cotizaba en el IBEX 35, recordó como había vendido 10.000 acciones de Abengoa por 9.030 euros, justo un día antes del concurso de acreedores, y como le entusiasmó la llegada de esos 90.300.000 euros. Borrell soltó una lagrimita de emoción. ¡Cuánto le debía Hispania!, pero el Reino de Europa se lo pagaría con creces.

Él no había sido culpable de apropiación indebida, sólo de traficar con información privilegiada, y como ya había pagado la deuda, de 30.000 eurazos, los señores eurodiputados habían dado la prueba de la ambición por superada. Hizo lo correcto. Su media sonrisa pillina volvió. Sabía moverse con agilidad por entre toda clase de gazapos económico, saliendo airoso.

Josep Borrell giró a la derecha un par de veces en el seto laberíntico y se encontró un plató de televisión americano, en él, una tribu de aborígenes le apuntaba con el dedo, aquellos cuatro indios le gritaban “racista”. Borrell se quedó pasmado, rememoró esa salida de tono, fue un pelín desacertada. Cariacontecido, pidió perdón, fueron ustedes doce millones los aniquilados, siento mucho… y seguidamente bajó la barbilla, miró a sus pies, y encontró 500 euros más en el suelo. Se irguió feliz, ni siquiera sabía cómo, pero lo había conseguido otra vez. De repente un tipo con la piel naranja y un tupé a juego le arrancó el billete de la mano y se lo guardó en el bolsillo riendo como un loco. Trump le había quitado su premio, pero le permitió continuar con una sonrisa. Borrell pensó que continuaría estudiando acerca de la globalización y del MAGA (make american great again) porque estaba perplejo, humillar aborígenes tenía premio. Segunda prueba superada.

Era algo que ya no sabía como hacer en Hispania, malditos vascos y catalanes estaban tan convencidos de ser países ultrajados, y no les daba la gana de ser españoles. ¡Con lo rentable que eso era!… Daba igual, gracias a Trump la prueba estaba superada. ¿Sería socialista Trump?.

Ahora el laberinto volteaba a la izquierda, y apareció el Congreso de los Diputados de Hispania. Congresistas de izquierdas, comunistas, anti-sistema y algunos catalanes le llamaban embustero. Borrell escupió despectivo, pensando que ellos eran los peores espumarajos que tenía Hispania. Y siguió andando, cada vez más deprisa, como perseguido por la culpa.

Ya llegaba al final del laberinto cuando pudo ver, apoyados sobre los setos, a un grupo de catalanes, ancianas y ancianos ensangrentados, un chico tuerto, niños vestidos de amarillo que gritaban el nombre de su padre en prisión o en el exilio…

Y gritos, le gritaban botifler, y le pedían respeto por los antepasados catalanes, por la lengua, por la cultura. “No penses en els teus avantpassats” “que un noi de la Pobla digui que els catalans som fake-news”.

Él no miraba a ningún lado. Hacía como los niños chicos, pensaba que sin mirar todo desaparecería. Y el laberinto llegó al final del pasadizo verde donde había un par de sillas y Tim Sebastian de la cadena Deutsche Welle, Tim se levantó y le entregó el tercer billete de 500. Borrell se disculpó por haber sido un energúmeno en su programa, pero Tim le enseñó la lista de nuevos anunciantes de la cadena, y la ingente cantidad de contratos atados hasta fin de año. Gracias al “share” conseguido en un sólo día, su cadena era la más vista de Europa. Tim encajaba la mano con fuerza, con demasiada fuerza, la sacudiò tanto que Borrell se mareó y todo. A Borrell le pareció que Tim le decía; “disfruta de tu dinero en el infierno”.

Dado que los juegos económicos y globales eran lo más importante del entramado social, nada significaba encarcelar o exiliar a tus compatriotas, ni a las gentes de tu Reino, no debías tener sentimientos de culpabilidad de ningún tipo. Se hacía y punto. Borrell no era un monstruo, no comía niños crudos, de hecho, él moría de vergüenza delante de sus amigos y familiares en la Pobla de Segur, pero lo primero era jugar bien en bolsa y tener como amigo principal al BCE y como secundario, al FMI, que esos podían dejar con el culo al aire a todo un gran país como Hispania. De Borrell dependía, él era un auténtico héroe.

Para Europa la Unidad de España era crucial, había que cobrar la deuda, ya ascendía a 1,17 Billones de euros, eso era, el 98% del PIB de España, si Catalunya, uno de los territorios más ricos, que más exportaba, que más turismo acogía, se escindía, ¿cómo cobraría Europa?.

Así que Borrell, aprendió a caminar con una careta de plexiglás, y en la Pobla de Segur, ya nadie le conocía, era un jugador del Reino Europeo, era un Dios enmascarado, como Lucifer. Y en Europa le deseaban, había demostrado su adaptabilidad camaleónica. Así que le acabarían dejando jugar en la Champions League, con Christine Lagarde del FMI y Ursula Von der Leyen.( delfín de Merkel)

Europa necesitaba personas cuya ideología fuese maleable. Se trataba de expresar que los dictadores, como Mussolini, habían hecho cosas buenas a veces, como hizo Tajani, pero en otras ocasiones había que decir que eran genocidas repulsivos, tal como pensava Ángela Merkel. Europa era una bolsa de palomitas, todas tenían el mismo sabor, pero por fuera aparentaban ser diferentes.

Y Borrell dominaba todos los géneros de la comédie Française, farsas, comedias, tragicomedias, Josep era el Molière de las relaciones diplomáticas. Su crueldad con todos era la del dramaturgo francés, pero su ambición la de un dirigente económico como Christene Lagarde, del FMI.

Acabó el recorrido del laberinto y su móvil le informaba: “win win”, el laberinto empezó a iluminarse, los logos de empresas se animaron con colores y sonoros golpecitos, clic, clac, se sintió en un casino de tragaperras. Había ganado el Jackpot, La unidad del reino europeo necesitaba un jugador ambivalente que fuese catalán pero que no concediese a los demócratas catalanes el derecho a la autodeterminación. El era John Wayne, y nuestras demandas las de cuatro indios tontainas.

EITHER MARK

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