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El Estado español y las mentiras arriesgadas

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Hay muchos tipos de mentiras, pero todas coinciden en lo mismo: no son verdad. Hay mentiras piadosas (se dice que bien intencionadas), mentiras compulsivas (que se producen de forma automática), mentiras instrumentales (con propósitos definidos), mentiras hacia uno mismo (que expresan debilidad), mentiras de ciclo corto (que no dejan huella), etc. Hay también mentiras arriesgadas.

El Estado español, como sujeto político, lleva mucho tiempo creando las condiciones objetivas para que sus agentes más activos disparen (en el sentido metafórico del término) un tropel de “mentiras arriesgadas”, mentiras que se acumulan y conforman un perfil de Estado “rogue”, un Estado canalla y mentiroso, al margen de la ley natural, que se impone de forma autoritaria.

No pasa ni un día sin que esa banda de hiperactivos verbales suelte sus bravatas. Nadie en su sano juicio debería estar dispuesto a creer tantas falsas verdades.

Es mentira decir que en Catalunya se discrimina a los castellanohablantes. La discriminación se produce en sentido contrario (con los catalanohablantes), en especial en determinados ámbitos (jurídico, militar, etc.)Es mentira decir que los independentistas catalanes clasifican a sus conciudadanos entre buenos y malos catalanes. Los mentirosos confunden la adscripción administrativa con la voluntad política. Hay catalanes y españoles que viven en Catalunya, cualquiera que sea su lugar de nacimiento. Unos y otros lo son porque quieren serlo. Buenos y malos son categorías morales y están repartidos de forma aleatoria.

Es mentira decir que en Catalunya hubo un intento de “golpe de Estado”. Hubo el intento fallido de cumplir el mandato de las urnas, que refrendaron con su voto el proyecto independentista de la mayoría de un Parlament elegido democráticamente. Donde sí hubo un golpe de Estado –que subsiste– fue en el poder ejecutivo central, que tiró del poder judicial sin respetar la separación de poderes.

Es mentira decir que la violencia policial contra los ciudadanos catalanes que fueron a votar el primero de octubre del 2017 causó ligeros daños a unos pocos ciudadanos. Por suerte las tecnologías de la información dejaron constancia visual de esa salvajada (que todo el mundo civilizado pudo contemplar) y en los archivos documentales de los centros de asistencia quedó constancia de más de mil expedientes abiertos por daños físicos (ver el importante informe del equipo de la doctora Núria Pujol-Moix). No sólo es mentira, es una vergüenza decir lo contrario.

Es mentira decir que alcanzar la independencia por la vía unilateral no es democrático. La unilateralidad es la única opción que queda cuando la otra parte, en este caso el Estado español, se niega a reconocer el mandato salido de las urnas que exige la declaración de independencia, vía su ratificación a través de un referéndum. Todo proceso independentista nace de la voluntad popular, del gobierno del pueblo. Lo que no es democrático es impedir por la fuerza esa voluntad.

Es mentira decir que los independentistas catalanes “quieren romper España”. Aquí nadie rompe nada, simplemente se quieren marchar. Razones hay varias: a muchos no les gusta la comunidad de vecinos, a otros no les agrada que administren sus recursos desde fuera, a unos terceros les duele que se menosprecie su cultura y su lengua.

Es mentira decir que “la soberanía reside en el pueblo español”. Esta frase es pura retórica y no significa nada. La esencia del concepto “soberano” radica en la propiedad y por ende en el poder. En un Estado autoritario como el español, la única soberanía es la que ejerce el “Estado Profundo”, las fuerzas extractivas que viven de la riqueza generada por el resto de la población.

Es mentira decir que gracias a la emigración de origen castellano, Catalunya ha alcanzado las cotas económicas que tiene hoy día. La emigración castellano parlante abandonó sus tierras porque los poderes fácticos de esas zonas nunca se preocuparon con inversiones productivas de mejorar las condiciones de vida de la población. En Catalunya esos flujos migratorios encontraron a unos burgueses cuyos padres y abuelos sí habían hecho la Revolución Industrial y tenían un espíritu innovador y empresarial. Y sobre todo encontraron unas formas de vida catalana en las que el trabajo bien hecho, el esfuerzo, la disciplina y la imaginación eran compensados económicamente, como era de justicia. Nada que ver con la cultura del ocio y la subvención de sus lugares de origen. Y el ensamblaje funcionó, a pesar de las reticencias y manipulaciones españolas.

Es mentira decir machaconamente que los independentistas catalanes son nazis. Es mentira porque pone de manifiesto una ignorancia supina sobre lo que está ocurriendo en Catalunya, donde el pacifismo (y no la violencia) ha sido una señal inequívoca desde su creación como nación en el siglo X. Y también lo es porque expresa un desconocimiento total sobre la historia viva del nacionalsocialismo. Los residuos del nacionalsocialismo alemán y del fascismo italiano los pueden encontrar, si así lo desean, no en Catalunya, sino en buena parte de los elementos constitutivos del Estado español actual, heredero del régimen franquista.

Es mentira decir que los catalanes se creen superiores, cogiendo por la punta el atributo supremacista, que al parecer les gusta mucho. Los catalanes no son superiores ni inferiores, son catalanes y nada más. Lo son porque quieren serlo, como se supone lo hacen los que quieren ser castellanos, vascos o gallegos. Y como cada pueblo genera una cultura diferente, sus ciudadanos comparten unas creencias, ideas, usos, lengua y costumbres que los distinguen del resto. No son superiores ni se lo creen, son diferentes, que sólo significa distintos a los otros.

No se puede ir por la vida mintiendo descaradamente sin tener en cuenta que, a la corta o a la larga, uno acaba recogiendo la mala hierba que ha sembrado. Esa cosecha tóxica ha constituido el alimento informativo básico para una gran parte de la población española que, no adiestrada en el análisis crítico, se ha adentrado inconscientemente en el embrutecido universo de la corrupción moral.

ALFONSO DURÁN PICH

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