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Saltarse un paso: El “infantilismo antifascista”

No es la primera vez en la historia en que nos encontramos con este punto tan crucial, tan doloroso y tan difícil de hacer comprender.
Lo he vivido en América Latina, cuando las revoluciones guevaristas y cristianas acabaron ahogadas en sangre (más de cien mil muertos en toda América Latina) por las fuerzas combinadas del Ejército de los USA y de los respectivos y entusiastas asesinadores de cada país.

En la Guerra de España (algunos le llaman civil, pese a que lucharon tres ejércitos nazis contra una República de Maestros) muchos se dejaron devorar por este monstruo ansioso que estropea las revoluciones: el que exige ¡Ya!. El que se salta un paso.
Ahora, veo en una pared del Poblenou ésta pintada y me asalta una mezcla de ternura y desesperación.
“Al fascismo no se le combate. ¡Se le destruye!”

Bien. Entiendo el estado de ánimo de la persona (que presumo joven, idealista y llena de decisión) en el momento de escribir esto. “¡Destruyamos al fascismo!” Es claro que sí. Sabemos bien que no es una ideología a la que haya que respetar democráticamente, dado que su intención última es destruir al más débil mediante la violencia, y asegurar la supremacía del más cruel. Más que una idea, parecería ser una enfermedad psiquiátrica. De hecho, el nazifascismo está prohibido y penalizado en la mayoría de los países europeos en los que causó una horrible destrucción, mortandad y sufrimientos, porque saben lo que costó luego erradicarlo. Ellos lo erradicaron. Lo vencieron. A nosotros nos dejaron el “regalo” durante 80 años. (¿Cuánto falta?)

Pero, me pregunto cómo puede ser que a alguien se le escape la ilogicidad patente que revela esta frase, porque es evidente que no puedes “destruir” algo si no luchas contra o para ello.

Imagino dos opciones:

1.- Si la persona que lo escribe es muy muy inteligente, posiblemente tenga un botón secreto que destruirá a todos los que piensan como fascistas. O sienten así. Él lo apretará y a todos ellos les explotará la cabeza, o se disolverán, o se licuaran y se irán deslizando por las alcantarillas. No es una idea muy bondadosa, pero al Dios de la Biblia tampoco le temblaba el pulso cuando lo propuso como solución para acabar con pueblos, o ciudades enteras, o toda la vida en la Tierra con excepción de los peces y Noé y sus animalitos. Ni tampoco cuando nos condenó a todos los no creyentes a sufrir en un infierno eterno.
Hasta el momento, semejante botón no existe. Las formas de destrucción actuales no discriminan por convicciones democráticas: arrasan sin preguntar sobre tus convicciones políticas. Personalmente, desecho esta opción.

2.- La persona que lo escribió es mucho más entusiasta que inteligente. Entonces, cae de lleno en el motivo de éste artículo: nos está proponiendo saltarse un paso. Quiere destruir algo sin la molestia de luchar contra ello. Lo que tú deseas con u: que colapse y muera sin que tengas que levantarte a danzar dando manotazos en el aire y/o dejar las paredes con marcas de zapatilla.

Creo que todo es consecuencia de la ansiedad. También a mí me consume: ¿Cómo procesas tu frustración cuando parecía que teníamos la República en las manos y, de repente, nos la birlaron? Solo Junqueras, Rull y un par de Consellers más siguieron la consigna que lanzó Puigdemont la noche anterior: “Mañana todos a presentarse en sus despachos”. Su siguiente comunicación fue ya desde Bélgica (“Creo que no podré venir”)
Procesar esta frustración no es fácil. Una de las maneras es la negación de la realidad, el exilio de la lógica (aquí un psiquiatra podría ponerle nombre a estas actitudes… yo no quiero –aunque la sé)
Y no es una actitud poco habitual:

Lo que hace un “ladrón”: se salta un paso en el proceso y va directamente a su objetivo.

Y, en definitiva, es lo que hace nuestro infantilista catalán (“Ya somos una República”) y se salta algunos pasos importantísimos en el proceso. Porque no quiere entender que es un proceso, aunque se le hubiera denominado así. Imagina una heroica rebelión popular que consiga saltarse todos esos pasos (conseguir un referéndum, ganarlo por una mayoría importante –cuanto más importante mejor-, conseguir el reconocimiento internacional, sentarse a negociar el Cataléxit con el Gobierno Español).

Ojo, que no dejo de entenderlo: yo también fui soñador de ese sueño, y creí vivirlo hace un año, después del 1-O.
Pero EL MOMENTO PASÓ, (repito: el momento pasó) y ahora hemos de darnos cuenta de que la situación es muy diferente. Muy diferente. Cada meta implica pasos indispensables.
Un infantilista revolucionario (dijera Lenin), se salta esos pasos, largos, complejos, costosos en esfuerzo y tiempo, difíciles de comprender. Pasa directamente a su sueño.

El problema es que éste infantilista convencido habla, y vota, y decide, y acusa a los demás de lentos, de poco decididos, de entreguistas, de derrotados. Y les humilla a los gritos delante del pueblo reunido en la e-plaza mediática y popular. Y es agotador escucharle, perfectamente convencido, decir que destruiremos el fascismo sin necesidad de luchar. Que derrotaremos el nacionalismo español sin necesidad de luchar. Que derrotaremos al fascismo mundial y español sin lucha alguna. Decidiéndolo por nuestra convicción más profunda. Que “Just do it”.
Mucho “coaching” funcionalista norteamericanizado rueda por el mundo. “Si lo deseas lo obtendrás”. “Imagina que ya es real”. “Vívelo como si ya fuera cierto”.

Todos los científicos que han estudiado el alma humana saben que eso puede ser un impulso emocional que te ayude a la acción. Jamás a la comprensión. Y, desde luego, en el mundo real, jamás al éxito que pretendes.

Sergio Dantí Mira

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