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La verdadera revolución catalana o el descrédito de la habilidad política

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Algo está pasando con Catalunya. Algo profundo, especial, que hace que en Hong-Kong se vean nuestras esteladas flameando en las manifestaciones de las calles (y no solo en los contenedores de exportación). Algunas personas en el mundo comienzan a vislumbrar algo muy importante que nosotros quizás no somos capaces de entender aún. Hemos puesto en la mesa una carta inédita, un naipe dibujado a mano… ¿Cuál es?
Sencillamente, que algunos políticos catalanes, algunas fuerzas sociales, la gente de la calle, han comenzado a labrar el descrédito eterno de la habilidad política.

No me extraña que las cúpulas sean tan reacias a aceptar los mensajes de las bases He estado en algunas reuniones políticas de bajo nivel. Me maravilló que las opciones de los “hábiles” en el juego político, de los “astutos” y los “así se hacen las cosas en política”, fueran rechazadas con aversión por los militantes de base. Ellos no buscan habilidad política ni trepar ni –si se me permite- tan solo que su partido gane. No pelean por el gobierno. Pelean por Dignidad.

Dignidad… ¡¡Ahhh!! Una palabra tan usada, tan maltratada, casi tan prostituida como la palabra amor, ha llegado a hacerse carne en el corazón de la gente. O se trata de la Dignidad así, con mayúscula, la dignidad de la Patria, de la Nación, la Dignidad del Pueblo… No. En nombre de estas dignidades, que siempre administran otros, se han cometido los más terribles crímenes.

Se trata de la pequeña dignidad individual, que se percibe emanando de los millones de personas que se manifiestan, limpia, ordenada, sistemática y pacíficamente, apelando al mundo. De los más de dos millones que salieron a votar y a defender con sus cuerpos y sus cabezas las sagradas urnas (de las pocas cosas sagradas que deberían quedar en el mundo) y, tozudamente alzados, se niegan a entregarlas a la fuerza violenta del fascismo que aún impera en España, aunque se autodenomine “legalidad”. Cada año en la misma fecha, se juntan más de un millón para que los demás los vean. Hacen 400 kms de cadena humana para hacerse notar. Se manifiestan y no queman ni un contenedor, ni rompen una vitrina, ni pegan a nadie. Cuelgan “yellow ribbons” (cintas amarillas) porque esperan a sus prisioneros y exiliados. No sabéis cómo les emociona sentir que pelean por su dignidad. Por su propia dignidad. Hay que verlo o hacer un esfuerzo importante para realmente entenderlo a fondo.

Esta sensación de que los políticos no pelean por su éxito electoral (aunque no lo desprecien); de que, aún con diferentes pensamientos y propuestas de acción, todos comparten un mismo valor más profundo y verdadero y solidario, esa sensación que notan las parejas y los amigos cuando en la calle “codo a codo, somos mucho más que dos” (¡bendito Benedetti!), no es comparable a ninguna otra.

La sensación de que los políticos no pueden ya vendernos sus “habilidades” (caso Valls), su histrionismo (caso Arrimadas), su insistencia goebbeliana en llamarnos “comandos violentos” y fabricar una realidad falsa a su medida (caso PP y Ciudadanos) nos da una personalidad, una estatura que los catalanes no sabíamos que teníamos. Desde luego que hacen falta líderes, pero que comprendan en lo profundo esta idea, esta fuerza inconmensurable que tiene este movimiento de liberación nacional que es el republicanismo catalán.

Habría mucho que escribir sobre este tema. Pero, de momento, que quede esta idea impresa: la verdadera aportación mundial de la revolución catalana, la que obtiene adhesiones y admira al mundo, es la derrota de la habilidad política, de los buenos malabaristas de masas, de los funcionarios de la política.

Es la victoria de la dignidad pequeña, individual, de andar por casa. La tuya.

Sergio Dantí

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